jueves, 24 de abril de 2014

¿Y SI YO SOY EL PROBLEMA?



Existencia es lo que nunca es objeto; es el origen a partir del cual yo pienso y actúo, sobre el cual hablo en pasamientos que no son conocimiento de algo: 'existencia' es lo que se refiere y relaciona consigo mismo y, en ello, con su propia trascendencia. (Jaspers, Filosofía)[1]

 Años atrás, un profesor de biología me dijo que un problema no lo es, si no tiene solución, pero ¿Y si yo soy el problema? Entonces quizá tengo la solución en mis manos.  Lo cierto es que  a lo largo de mi vida me han dicho y he escuchado cientos de  exhortaciones que apuntan al mismo cuestionamiento.  Sin embargo, creo que la verdadera pregunta es por qué formulamos este interrogante, y bajo qué condiciones lo hacemos.  Generalmente sucede cuando cometemos errores.  Ese fragmento humano consciente de su existencia como una experiencia de vida que se apoya en la angustia, y que bajo su manto de auto-conmiseración nos lleva a concluir que fuimos arrojados al mundo, es la causa y el efecto,  precursor de nuestras crisis de consciencia.  Durante este trance crítico cuestionamos el influjo que ejercemos sobre las condiciones e indagamos cuidadosamente acerca de qué tanto o qué tan poco entorpecemos determinada situación o actividad.  Si nuestro comportamiento un día desencadena el rechazo de terceros, y comenzamos a sentirnos como la pieza que desencaja,  la frustración nos hará preguntarnos: ¿Y si yo soy el problema? Y bajo estas circunstancias lo mejor será reformular el interrogante, para así establecer cuál es el problema, y no quién.  

Sin embargo,  cuando es indispensable responder, porque  así lo requiere la ocasión, lo mejor será definir bajo qué contexto  se desarrolló (o generó) el problema.  Bien podríamos generalizar un poco, y recapacitar: No causé el daño ambiental que hoy respiro, ni destruí la capa de ozono; no provoqué el hundimiento del Titanic, ni  convencí a Alemania de atacar a Polonia para que Francia declarara la guerra a los nazis; no causé el Tsunami que azotó a Japón, o la contratación de los Nule, y mucho menos fui el origen del reciente temblor cuyo epicentro fue Cúcuta, pero que como daño colateral, se sintió en Bogotá.  Así las cosas, y solo  como un ejercicio sano, cuyo fin sería recrear un ambiente libre de culpas, podríamos afirmar abiertamente que al no ser parte activa del problema, de ningún conflicto que degenere el bienestar social o cultural de nuestro entorno, simplemente no lo somos, y felizmente concluir diciendo: no soy el problema.  Más, hay algo que sí debemos poner en consideración, incluso a riesgo de contradecir todo lo antes escrito, y es que cada uno, como ser independiente tiene control sobre su propio mundo, y que ese microcosmos, tendrá el poder de afectar directamente a todo el que decida involucrarse y permanecer cerca.  Esto lo comento, porque creo necesario esclarecer el hecho, y darle valor a la pregunta en términos particulares, tal y  como está formulada: desde el yo, y dirigida al yo.  De modo que la respuesta atañe al yo, aunque pueda traer repercusiones, no importa si positivas o negativas para algún tercero colado en nuestra versión de mundo. 


[1]  EL EXISTENCIALISMO. La Existencia.   Recuperado el día 2 de marzo de 2012  en: http://filosofia.idoneos.com/index.php/350148 

miércoles, 23 de abril de 2014

SANTANDERCITO: UNA BREVE INTRODUCCIÓN

Cómo podría redactarse un texto referente a un lugar específico que prácticamente nadie conoce porque no aparece en el mapa.  Puede que fuesen necesarias muchas palabras descriptivas como grande, verde, florido o sinuoso, para que al menos de forma exigua  la imagen que pretendemos dibujar párrafo tras párrafo se parezca a la realidad.  Esto, claro está, intentando no exagerar en los detalles, y mucho menos reduciéndo la realidad a una mínima expresión poco literaria.  Sin embargo, como lo que pretendemos no es que usted, señor lector se quede con lo poco que podamos contarle aquí, buscaremos a continuación animarlo para que goce cada frase, y de paso, sean sembrados en usted los deseos de visitar este pequeño fragmento de Colombia, que por primera, segunda, tercera o cuarta vez, florece ante sus ojos.  Permítanos entonces presentarle en algunos párrafos a Santandercito, una pequeña porción de tierra colombiana ubicada muy cerca de Bogotá, que contrario a lo que pensarían todos los que siguen la consigna de "Publicar S.A.", aunque no aparece en las páginas amarillas, sí existe, y pese a no estar dibujada en una convención y con letras pequeñitas en nuestro apreciado mapa, si está reseñada por Internet en Wikipedia, y en alemán.

Por su homófono nombre con otras divisiones políticas del país y por referencia "territorial" o contexto nacional, no sería desatinado inferir para un conocedor de la división política de la nación o para cualquier colombiano habitante de otra zona del país, que Santandercito es un lugar recóndito emplazado en las laderas y valles de cualquiera de nuestros Santanderes.  Sin embargo, sería incorrecto geográficamente ya que tanto Santander como Norte de Santander hacen parte del nororiente del país, en la región Andina, mientras que Santandercito se ubica dentro del departamento de Cundinamarca (centro del país), a escasos 90 minutos de Bogotá, nuestra ciudad capital.

Estructuralmente se dibuja como cualquier otro pueblo del país, con un parque central donde se levanta una fuente bastante particular, algunas casas muy coloridas sin estilo arquitectónico específico a su alrededor y una iglesia pequeñita (el colegio está un tanto alejado de este punto de confluencia).  Ahora es tiempo de que usted se pregunte ¿Qué lo hace diferente? Para responder a esta pregunta aportaremos a la visión que seguramente comienza a bosquejar mentalmente un dato a nuestro parecer característico y singular: el templo posée un valor agregado.  La Iglesia Nuestra Señora del Carmen fue tallada de una ÚNICA piedra gigante que nuestros antepasados indígenas emplearon como "santuario" para la puesta en escena de diversos rituales y sacrificios religiosos, lo que indicaría que su uso "de lugar" (e incluso podríamos hablar de su "memoria urbana) no se ha alterado hasta nuestros días y que por ende, conserva en sus paredes de gélida roca historias grabadas en su ígneo corazón.  Ahora es su turno de verificar si en Colombia existe un templo con iguales condiciones o características similares, pero nos adelantaremos al hecho y con gran osadía articularemos un rotundo NO, porque a nuestros ojos éste espacio ceremonial es único. Dicho lo anterior, y por el simple hecho de que  no queremos que se entere usted de cada detalle de nuestro amado pueblo por vías escritas u orales daremos fin abruptamente a este relato pues, preferimos que usted mismo verifique con sus propios ojos y el resto de sus sentidos que lo que escribimos es real.  Lo invitamos entonces a que recorra el país como en su momento buscó que lo hiciera el programa de promoción turística "vive Colombia, viaja por ella", y encuentre este pueblo perdido en el tiempo y el espacio, para que lo disfrute a sus anchas.  Venga a visitarnos.  Santandercito se complacerá en hacerlo partícipe de su existencia. 

martes, 22 de abril de 2014

DE LA AMATISTA GRIEGA, A LA SOBRIEDAD: La experiencia alcohólica desde la perspectiva de una chica abstemia



EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD
 LEY 30 DE 1986

(6) Dad la cerveza al desfallecido, Y el vino a  los de amargo ánimo: (7) Beban, y olvídense de su necesidad, Y de su miseria no más se acuerden. (Proverbios 31; 6)
 

Me gustaría fingir tan sólo un segundo,  que todo en la vida es sencillo, y que gracias a su cualidad simplista se desarrolla conscientemente.  Que los problemas se resuelven solos, y que por ello no hay necesidad de ahogarlos  en el fondo finito de destilados transparentes, piscos, rones, whiskys, vodkas o cervezas.  Pero mis deseos y expectativas se quedan cortos con respecto a la realidad, y veo con tristeza dipsómanos[1]   delirantes, atrapados en las destructivas garras de aromas frutales y sabores especiados; del etanol transformado  en Nepente[2], libertador  de memorias, silenciador  de recuerdos. 
De vez en cuando me pregunto si la ilusión de olvido provocada por la embriaguez es suficiente para limpiar el alma.  Si en realidad la cepa del chardonnay,  o tal vez la sutileza de las almendras maceradas del Amaretto,  junto con el  continuo movimiento del líquido,  son capaces de recorrer el cuerpo y barrer a su paso con la angustia, la zozobra y el dolor causados por  eventos miserables.  Esos sucesos infelices  que sumados con la esencia misma del ánimo, rompen con el status quo, y producen la inminente necesidad de ingerir  jerez, kirsch u oporto.  Así las cosas, supongo que sería práctico y al mismo tiempo benéfico para nuestra era que los griegos hubieran tenido razón con respecto a los favores atribuidos a  la amatista.  Ellos pensaba que aquel que ingiriera bebidas alcohólicas podría evitar la borrachera si antes de beber ubicaba metódicamente un fragmento de la piedra bajo su lengua, considerando dicho cuarzo como un talismán anti-embriaguez.  Sin embargo, no funcionaba entonces, y si se nos ocurriera hacer lo mismo hoy, tampoco obtendríamos buenos resultados, sino las mismas horas de desequilibrio inconsciente, seguidas de lo que comúnmente denominamos guayabo, que no es más que un minúsculo síndrome de abstinencia sufrido por el organismo durante el proceso que precede la sed de vino: su lenta desintoxicación. 
Fuera del círculo, de pie sobre la fina línea que  ha mantenido toda mi vida abstemia, y como una simple espectadora me percato de que en el puesto donde la resaca debería dimitir y dar paso al hombre nuevo, libre de derrotas autobiográficas y resentimientos, veo cuerpos inspirados por la locura ritual y el éxtasis de Baco,  cuyas funciones mentales y motrices  han sido depauperadas.  Reflejos bajos, confusión, desinhibición exagerada, balanceos ralentizados y hasta acontecimientos nefastos llamados eufemísticamente accidentes. Este estado soporífero se extiende, rompiendo las barreras de la sobriedad y aletargando al hombre, que sintiéndose  todopoderoso y súper capaz, confunde sus límites y se transforma, cual versión contemporánea del doctor Jekyll y el señor Hyde, haciendo una extraña y alicorada apología involuntaria  a la metamorfosis tan interesantemente descrita por Robert Louis Stevenson en 1886, sólo que esta vez, no es mera ficción.   
A manera de cierre debo poner en consideración mis pensamientos, ya que opino que no  importa si denominamos a este período  de intoxicación cogorza, moña, tranca, tablón, turca, curda, juma o jumera, porque al final el resultado será el mismo, y ni la fantasiosa virtud de la amatista griega, o el seudo control del borrachín producirán los efectos deseados.  Las  bondades del néctar etílico  son un tanto menores de lo que se cree, ya que no solo libera al ser normal mediante una fuerte enajenación inducida, sino que  su mayor consecuencia, es la muerte. 


[1]  Sinónimo de alcohólico, ebrio, bebedor, borracho.
[2]  Se trata de una bebida que los dioses empleaban para curarse las heridas o aliviar el dolor y que además producía amnesia.

lunes, 21 de abril de 2014

Romanitas, cholas, chinelas, cotizas, ojotsa, hawaianas, tres puntas, yinas, flips, bulebules, sayonaras, calisos, flip-flops, zancletes, tsinelas, tongs, shankas, slippers, infraditos, zorries, jandals, japonki, slops, chanclas, chancletas.


Para mi reflexionar sobre  chancletas es pensar en caminar descalza.  No porque considere que este tipo de calzado no proteja mis pies del suelo, finalmente se trata de materiales lo suficientemente gruesos y resistentes como para separarme 10 o 15 milímetros de él.  Más bien, se trata de que durante mis primeros años, y mientras aprendía a caminar, una de las frases más recurrentes proferidas por mis padres (dirigidas únicamente a mí, pues mis hermanos eran obedientes), y que prácticamente escuchaba unas 30 veces al día era ¡Póngase las chancletas! No es difícil imaginar para aquel que me conozca ahora, o mejor,  que me conociera de niña,  por qué me lo decían, ya que dada mi situación de infante exploradora, con iniciaciones primarias en la arqueología de los restos materiales de las ruinas de la casa de juegos, sumado a mis ínfulas de entomóloga y naturalista, buscaba cualquier excusa para adentrarme en mis fantasías selváticas, dentro de los límites del patio de la casa, para  poder así, sentir sin interferencia  la temperatura  o la condición superficial del piso directamente bajo mis pies.  Entonces las chancletas se volvieron un objeto impuesto del que yo huía, y que siempre dejaba a su suerte  en alguna cueva imaginaria.  No las podía mantener cinco minutos puestas.  Resortando de lugar en lugar, las iba perdiendo prácticamente nuevas, mientras mi piel se teñía de ceras y barnices.   Más, acumulando primaveras, las exploraciones disminuyeron e inevitablemente yo crecí, y lo crean o no, mi condición de mujer me obligó a usarlas.  Entonces acontecían cosas curiosas, porque al final  y luego de años de oír ininterrumpidamente la famosa frase ¡Póngase las chancletas!, el objetivo de mis progenitores se había cumplido y no me las quitaba para nada, por lo que todo cuanto se cruzaba en mi camino terminaba escondido entre la suela y mi pie (arena, piedras, bichos…), precisamente por su morfología y diseño, que deja al descubierto dedos, piel y talón.  Aún así,  las prefería sobre tenis y zapatos.  Odiaba la idea de tener que utilizar fundas para pies y elegía las chancletas por sobre  medias y escarpines (sin importar cuán estéticos fueran estos).  Ciertamente sufría de frío, y no puedo negar que en época de lluvia mis apéndices inferiores duplicados, parecían uvas pasas, vivían gélidos, diáfanos, medio traslúcidos y arrugados.   
Debo confesar que fue debido a mi desarrollo fisiológico que muchas de mis costumbres adquiridas de niña cambiaron.  Aunque me sonroje un tanto al escribirlo, considero necesario aclarar que el crecimiento de mis formas femeninas y todo lo que este proceso conlleva me obligó a calzarme adecuadamente, y no me refiero al uso de taconcitos o zapatos de charol para mostrarme al mundo como una señorita, sino a los dolores femeninos que se intensifican exponencialmente con el frío.  Mientras me configuraba como mujer, me percaté de la importancia de resguardar mis pies del piso, ya que cada 28 días, y pese a que no se asuma como una verdad biológica, o un dato científico comprobado para todas las hembras humanas, en mi mundo estoy convencida de que el suelo frío transfería su temperatura a mi cuerpo, siendo éste (el frío) acumulable, casi como una variable de la ley cero de termodinámica que dice: «Si pones en contacto un objeto frío con otro caliente, ambos evolucionan hasta que sus temperaturas se igualan», sólo que en mi caso, luego de igualarse, algo del frío se guardaba, para ser aprovechado más tarde como herramienta para aumentar el dolor.  He ahí la razón del abandono total de la chancleta, y su sustitución por pantuflas, o cualquier otro tipo de calzado, más apropiado para conservar el calor corporal.